¿Hacia una economía política del comportamiento?

Artículo de opinión elaborado por Brian Nick Daza Vigo, Analista de BEST

La intención de este artículo es hacer una pequeña discusión respecto a cuál será la respuesta de la economía como disciplina y las líneas de investigación futuras, en función de lo visto por la influencia de la economía del comportamiento.

La economía como disciplina es en realidad un fenómeno relativamente nuevo. Ha pasado apenas poco más de doscientos años desde la aparición de la obra de Smith, y ni siquiera cien años desde la publicación de Keynes, por ejemplo. A pesar de que no siempre se haga explícito en las aulas de clase, la historia del pensamiento económico ha sido bastante accidentada.  El estudio de los fenómenos económicos, al menos en los campos formales o académicos, nació con el nombre de economía política, entendida como la interacción entre los procesos de producción, comercio y distribución.

En la actualidad, el término “economía política” se usa para referirse a diferentes cosas, además del concepto real u original: el análisis económico de la elección social, economía marxista, aplicaciones de las ciencias políticas a la economía, estudios interdisciplinarios, relaciones políticas internacionales, entre muchas otras. La economía sin apellidos que tenemos, a partir de la revolución marginalista, mayormente abstrae la existencia de conceptos “políticos” como las clases sociales y se orienta a un enfoque matemático, axiomático y no valorativo, conociéndose a partir de ello solo como “economía”.

No podría decir que este proceso de formalización y simplificación, que conllevó del paso de la economía política a la economía haya sido algo negativo. Al contrario, no necesito defender los éxitos que ha tenido este proceso, pues casi todo el éxito con el que cuentan los economistas actuales se basa en este paradigma. Es imposible encontrar relaciones de causalidad sin simplificar; es necesario simplificar las cosas para poder entenderlas. Sin embargo, simplificar más de lo necesario puede traer como consecuencia la invisibilización de aspectos de la realidad que pueden ser fundamentales.

Por ello, la economía del comportamiento es probablemente el enfoque alternativo que más éxito está logrando al integrarse a la tendencia de la discusión académica y política de la economía. Así, la razón de este éxito recae precisamente en mostrar, que complicar un poco más el análisis económico puede ser necesario. Si bien el paradigma de la economía abstrae la complejidad de los procesos mentales humanos a un proceso hiper-lógico, el cual permite poder explicar muchos aspectos de la realidad (especialmente la determinación de precios competitivos).

La economía del comportamiento ha mostrado que la capacidad de explicación de la economía y de la implementación de políticas públicas puede mejorar de manera significativa al incluir en el análisis económico las complejidades mentales en los procesos de decisión. Estas complejidades ya han sido ampliamente estudiadas por los psicólogos, pero han sido ignoradas (a propósito) por los economistas. La asimilación de los aportes de la psicología le ha permitido a la economía entender mejor las decisiones individuales y los resultados “no óptimos” que los agentes pueden obtener como consecuencia de ello.

En ese sentido, la aplicación más difundida de la economía del comportamiento ha consistido básicamente en la mejora de los procesos de decisión individual y de los hogares, principalmente a través de los nudges; esto ha tenido y tendrá muchos efectos positivos en áreas tan diversas como salud, educación, transporte y finanzas personales. No obstante, aún queda mucho por reflexionar respecto a la interacción entre los sesgos de las personas y colectivos sociales.

Por ejemplo, Berggren (2012) encuentra que el 95,5% de los artículos que proponen o defienden el paternalismo libertario no contienen ningún análisis de la capacidad cognitiva de los hacedores de política que justamente serán los encargados de implementar los nudges. Así, darle más atención a los sesgos que pueden tener los hacedores de política y cómo estos sesgos interactúan con el de los individuos, puede ser una extensión muy útil de la agenda de investigación.

Por tanto, estudiar más los procesos resulta bastante interesante especialmente en el marco de las democracias modernas, en donde la administración del poder político y económico depende de procesos de elección masivos, pues los votantes muchas veces pueden apoyar entusiastamente a políticos y medidas políticas elaboradas con sesgos, no solo partidarios, sino también psicológicos, y en consecuencia ir en contra de sus propios intereses de largo plazo (Glaeser, 2004, 2006).

En esa línea, Schnellenbach y Schubert (2015) hacen un recuento del estado del arte de la investigación de temas bastante variados, que por sus características podrían ser cada vez más parte común del análisis de la economía del comportamiento: preferencias y acciones de votantes; determinantes de preferencias políticas; incentivos y recompensas de los gobernantes; planeamiento de políticas; el comportamiento de las elecciones de los burócratas; reguladores y lobbistas; entre otros.

Adicionalmente a la implementación de políticas en el contexto del paternalismo libertario (Sunstein y Thaler, 2003), otro de los ámbitos de popularidad de la economía del comportamiento, son las finanzas del comportamiento (Barberis y Thaler, 2003; Gupta et.al. 2014); ello hace pensar que las aplicaciones macroeconómicas de la psicología de la toma de decisiones no tardarán mucho en ser populares. No me explayaré al respecto, pero la literatura existe (Gabaix, 2016; Akerlof, 2002).

De ser así, resulta curioso recordar que Keynes le daba mucha importancia a los “animal spirits”, reconociendo así desde hace mucho tiempo atrás la importancia de los instintos, sesgos y emociones de las personas en los resultados económicos; a diferencia de la macroeconomía “keynesiana” y “neokeynesiana”, en donde lo más parecido que podemos encontrar a ello son sólo componentes autónomos en las funciones de demanda y componentes estocásticos en las ecuaciones de equilibrio general.

A modo de conclusión, los retos a futuro de la economía parecen requerir que los economistas le prestemos atención a aspectos humanos y sociales que han estudiado otros científicos sociales, e incluso los padres de nuestra disciplina, en los que actualmente somos ignorantes, pero no debiendo serlo.

Referencias:

Akerlof, G. A. (2002). Behavioral macroeconomics and macroeconomic behavior. American Economic Review, 92(3), 411-433.

Barberis, N., & Thaler, R. (2003). A survey of behavioral finance. In G. M. Constantinides, M. Harris, & R. M. Stulz (Eds.), Handbook of the economics of finance (pp. 1053-1128). Elsevier.

Berggren, N. (2012). Time for behavioral political economy? An analysis of articles in behavioral economics. The Review of Austrian Economics, 25(3), 199-221.

Gabaix, X. (2016). Behavioral macroeconomics via sparse dynamic programming (No. w21848). National Bureau of Economic Research.

Glaeser, E. (2006). Psychology and Paternalism. University of Chicago Law Review, 73, 133.

Glaeser, E. L. (2004). Psychology and the Market. American Economic Review, 94(2), 408-413.

Gupta, E., Preetebedi, P., & Mlakra, P. (2014). Efficient Market Hypothesis v/s Behavioural Finance. IOSR Journal of Business and Management, 16(4), 56-60.

Schnellenbach, J., & Schubert, C. (2015). Behavioral political economy: A survey. European Journal of Political Economy, 40, 395-417.

Sunstein, C. R., & Thaler, R. H. (2003). Libertarian paternalism is not an oxymoron. The University of Chicago Law Review, 1159-1202.

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